miércoles, 30 de enero de 2013

Tucho Méndez, el cuñadito



Norberto Tucho Méndez




Como lo que le sucedía a gran parte de los nacidos en ese fino límite que separa y une a Patricios con Pompeya, era fanático de Huracán. El tipo fue uno de los grandes, pero de los grandes en serio.

Tenía dos ídolos de pibe, y para verlos jugar se colaba en la vieja cancha de tablones de Avenida Alcorta y Luna. Con uno de ellos llegó a jugar como compañero: Herminio Masantonio, el gran Masa, legendario centrofoward del Globito, de mucho coraje y mayor nobleza.

Ahora con el otro hay una anécdota muy gauchita que sería lindo recordar... Cuando era pibe, Tucho acostumbraba colarse en los entrenamientos de Huracán para ver de cerca al arquero Juan Estrada, y de paso le alcanzaba la pelota cuando ésta se iba fuera de la cancha. También a veces hacía lo mismo los días de partido. De esa manera los dos fueron creando una relación, en la que aparte de la amistad parecía haber un convenio de trabajo: Estrada era el arquero del club, y Méndez el negrito que le tiraba la pelota. Una tarde, el arquero en tono de broma le preguntó si tenía una hermana, para lo que el morocho le respondió que sí, que una de 17, y que se la iba a regalar cuando Huracán saliera campeón. Entonces es que de ahí pasó a ser para el arquero el "cuñadito". -Alcanzame la pelota, cuñadito... Corré, cuñadito... Chau, cuñadito...

Pasaron los años y el arquero recaló en Boca, mientras que Tucho alcanzó la primera del Globo, pero nunca más se vieron. Hasta que un día se enfrentaron Huracán y Boca. En el primer tiempo Tucho Méndez le hizo un gol desde 25 ms y cuenta que en el descanso "sentía desesperación por hablarle".- Me mojé el pelo, me peiné apurado y lo esperé en la cancha, contó alguna vez. -Le apreté la mano y no me dejó hablar: "Te felicito pibe, me hiciste un golazo". -Cuando pude meter una palabra le pregunté: "¿Usted se acuerda, Estrada, de aquel pibe negrito que le alcanzaba la pelota en las prácticas de Huracán? ¿Aquél al que usted le decía cuñadito?"- Lógicamente que se acordaba pero no sabía a donde quería llegar con el recuerdo. _"Bueno, Estrada, el cuñadito soy yo..." -No lo podía creer. Me abrazó. No podía convencerse. Me volvió a felicitar. Me aconsejó. Le había hecho un gol a uno de mis ídolos y no me había defraudado. Me estaba dando consejos en pleno partido, como cuando charlábamos detrás del arco, cuando él ya era famoso y yo tan sólo el cuñadito... recordó Tucho Méndez emocionado.


Esto está basado en una crónica de Juvenal que apareció en un Gráfico allá por 1992.

lunes, 4 de enero de 2010

Retrato de una pasión



Retrato de una pasión

















Todo comenzó cuando me mostraron un Gráfico. ¡Cómo olvidar aquella tapa! El Loco Gatti le entregaba simbólicamente los guantes de la Selección a Fillol, acusando un problema en una rodilla; era el nº 3025 de un 27 de septiembre de 1977, hacía tres días que yo había cumplido 12 años, y allí decidí, instantáneamente, abandonar la saga de Dante Quinterno para empezar a leer “cosas de hombres”.

La revista llegaba los martes a 9 de Julio, y cuando salía de la escuela, al mediodía, enfilábamos con mi viejo para el kiosco, sino tenían que aguantarme “con la boca abierta como un jarro”; y así comenzaron a acumularse, enteritas, sin dobleces y sin manchas; ¡Y ojo con tocármelas!

Me encantaba “relojear” el placard y verlas allí apiladas; eran mi tesoro; mi habitación una cueva inexpugnable; pero a veces las necesitaba todavía más cerca, entonces las amontonaba alrededor de la cama, “apuntaladas” con los Robinson Crusoe –libros que mamá me regalaba regularmente hacía años-, y formaba una trinchera “de culto”, donde el regocijo de contemplar mis posesiones me colmaba.

Devoraba las notas, escritas por tipos anónimos para mí; es más, creo que ni siquiera escritas por alguien, sino que tal vez surgieran como una suerte de generación espontánea de eso que era solamente un todo: El Gráfico.

Algunos comenzaron a sorprenderse: ¡Cómo sabe este pibe! ¡Qué memoria tiene! Y la verdad, agrandado ante “la gilada”, a la idea la dejaba “pastorear”, porque así como dicen que “con yuyos cualquiera es brujo”, yo con El Gráfico le “picaba” al que quisiera.

Aunque con el tiempo comprendí que nada tenía que ver “mi sabiduría” con la inteligencia o la memoria. Yo vivía en cada uno de los protagonistas, de esa manera intensa como sólo los chicos pueden hacerlo.

Boxeé junto a Monzón, Ramón Balbino Soria y Hugo Pastor Corro; nadé al lado de Rossana Junco; corrí exhausto los 100 metros alentando a Beatriz Alloco; le exigí a Tito Steiner un mayor esfuerzo para superarse en decatlón; devolví “mansa” la pared a Maradona, a Valencia y a Bochini.

Trepé la cordillera y recorrí las rutas, en bicicleta, con los Contreras, los Alexandre, con Octavio Dazzán, le “soplé” a Vilas cuando utilizar el revés con slice; fui copiloto del Negro Monguzzi, de Ricardo Zunino y el Lole Reutemann; y descubrí la palabra del Flaco Menotti.

César Luis Menotti, que cosa…, hoy todavía me puede. Fui su cómplice, un aliado anónimo pero fiel; por él, odié a Víctor Hugo –al que con el tiempo acepté y admiré-, y festejé cuando lo “pintó” como “un gordito adelgazado que nunca había pisado un vestuario”.

Por él traté, más adelante, de convencer a mamá de mi gusto por las salidas hasta la madrugada, cuando en la revista, el tipo justificó sus hábitos nocturnos: “Muchos salen de noche porque no tienen sueño, yo ando de noche porque tengo sueños”.

Posteriormente identifiqué a los cronistas, y definitivamente supe que no los iba a olvidar: Héctor Vega Onesime, O.R.O., Free-Lance, Juan José Panno, Juvenal, Robinson, José Luis Barrio, Eduardo Rafael, Roberto Defer, Hugo Suerte, Natalio Gorín, Luis Hernández, Carlos Irusta, Néstor Straimel, Carlos Ares, Horacio Pagani, Carlos Ferreira, y Guillermo Blanco, de mi ciudad, nada menos que redactor especial.

Hasta entendí “Las Apiladas” de Borocotó, a Félix Daniel Frascara y Osvaldo Ardizzone; a EL Veco, a Dante Panzeri y Carlos Fontanarrosa, aunque a todos ellos los leía en recopilaciones. Esperaba noticias desde Italia de Bruno Passarelli, y las fotos que veía en otras revistas no se comparaban a las de Ricardo Alfieri, Aldo Abaca, Humberto Speranza, Marcelo Figueras y a las de Héctor Maffuche.

Pero crecí, la vida lógicamente ofreció otras alternativas, el amor por El Gráfico transmutó en otro más real, igual de intenso e inocente; y “mi piel” con la revista disminuyó. Aún así la seguí comprando para mantener a raya mi voracidad coleccionista; pero ya había comprendido sobre “las miserias” de la editorial de Azopardo.

Quisieron las circunstancias, muchos años después, que recalara en Deportea, y reencontrara algunos de aquellos periodistas, hoy también docentes, que me marcaron a fuego, que me indujeron a amar y entender el deporte: Panno, Defer, Blanco, Ares, Pagani y Rafael, entre otros; y siento que estoy cerrando el círculo.

Es por ellos que ahora extraño aquellos Gráficos, los quiero aquí conmigo. En el archivo debe haber cientos, pero yo…yo quiero los míos.

Los cruzo en los pasillos
Y no tengo huevos para decir
¡Qué importantes fueron para mí!
Me envuelve la nostalgia
Y ahora me siento un gil
Quisiera hablar con ellos
¿Charlar conmigo porque sí?
Es probable que no quieran…Por ahí se acuerdan de Vigil.

Actuar de oficio

Actuar de oficio

Reconozco que mi mirada es naif. Y no siempre esta visión está cercana al candor. En mi caso supongo, rayana a la estupidez. Y esta sensación, considero, puede generar más irritación que la más lúcida de las apreciaciones objetivas.
Quien esté libre de cargos que arroje la primera piedra, es lo que ya ha sido escrito. Por supuesto que lejos estoy de aquello, y tampoco seré el primero en lanzarla. Pero no puedo dejar de decir lo que me produjo Ariel Arnaldo Ortega, luego de haberlo observado –através de la tele, eso sí-, en el partido frente a Boca Juniors, el pasado domingo.
Si el fútbol se ha vinculado históricamente con la literatura, supongo que desgraciadamente a Ortega le han recomendado la lectura de Maquiavelo, para machacar fervorosamente que el fin justifica los medios. Pero le acercaría humildemente “Fútbol sin trampas”, para seguir en la línea de Angel Cappa.
Pobre Ortega, tantos otros han tenido un comportamiento similar o aún peor que el de él, pero así son las cosas, en la carambola del hartazgo hoy dije basta. La trompada de atrás a Cáceres, y la posterior simulación de una agresión en la cara fueron demasiado. Un manto suave y protector ha cubierto a través de los años el accionar del jujeño. Su enorme inventiva, su gambeta endiablada y su juego de potrero han contribuído, de alguna manera, a que el cobijo sea prácticamente impermeable a todos los hechos lamentables que producía fuera del campo de juego.
Pero hoy las miserias se están viendo dentro del rectángulo, porque la persona no se puede escindir, y la personalidad de uno aflora indefectiblemente, sobre todo cuando su magia, que hoy sólo está para entretener reuniones familiares, no le exime como antes, y todo queda más expuesto.
Cantidad de voces se alzarán, le fustigarán y la hinchada seguirá aplaudiendo enfervorizada. Escucharemos mensajes cruzados, voces encontradas, y todo seguirá como antaño. Pero desde mi lugar, por cierto muy chiquito, el tribunal que integra mi conciencia ha decidido actuar de oficio: Hoy Ariel, te borré de mis afectos.
Y para digerir la pérdida, esta vez al whisky me lo tomo yo.

A propósito de Ángel Cappa

A propósito de Angel Cappa














Sabido es que hace un tiempo el director técnico de Huracán, Angel Cappa, presentó su nuevo libro: “Hagan Juego”. El ámbito fue la escuela de periodismo deportivo “Deportea”, y el moderador uno de sus directores, el periodista nuevejuliense Guillermo Blanco.
En el libro el entrenador brinda una compilación de charlas que oportunamente aparecieron en el diario español “Marca”. Ida y vuelta con figuras como Alfredo Di Stéfano, Johan Cruyff, Pep Guardiola, Raúl, Robert Pires y tantos otros exponentes de un fútbol en vías de extinción.
No faltarán detractores que desafortunadamente ante la historia reciente, presos de un resultado y ayudados por las traiciones de la memoria, sostengan: “pero si Cappa no ha ganado nada”, y entonces nos veamos tentados a correr sin aliento detrás de Alejandro Fabbri para que nos proporcione estadísticas que refuten semejante desatino.
Pero no, la cosa pasa por otro lado, nos decimos. Sabemos que el Huracán que disputó el último torneo Clausura ya triunfó, que quedará en el recuerdo más allá de los números, tanto como mundialmente sucedió con aquel conjunto de Holanda subcampeón en Alemania ’74; y como muchos, vapuleados por no haber podido lograr el campeonato.
Hoy estar detrás de un alambrado viendo como la bola va y viene, va y viene, situación en la que parecemos plateístas de un partido de tenis, nos perturba, nos confunde, tanto como suponemos lo estaría Tununa Mercado en un recital de Massacre. Y la propuesta es clara, descontracturada, un fútbol de pelota al pie en el que dar un pase a un compañero no es una utopía. Un fútbol consecuente con el de nuestra historia que dá por tierra con tanta mentira.
Que hubiera sido de José Luis Zabala, Palapa Videla, Raúl Rivas y tantos cracks que pisaron las canchas nuevejulienses si se los hubiera sometido a estadísticas como las actuales: Fulano corrió 12 kms., 11 o 14, y peor aún: Sutano recorrió exactamente 12654,8 ms. Todo bien pero…. ¿Y la pelotita?
De la misma manera podríamos proponer que cuando se logre el próximo récord en media maratón, y el “desafortunado” ganador transponga la meta, se le arroje un balón con la consigna de hacer 200 “chiches”, cuestión que si no lo logra, un asterisco junto a su marca remita a una dura aclaración por no haber podido superar la prueba y figure como una mancha insalvable en su foja.
Así están las cosas, y no nos olvidemos de las disposiciones tácticas: 4-3-2-1, 3-5-2, 5-4-1 (tenemos que revisar porque siempre sobra o falta alguno) y así con infinidad de confusas variables, que sólo le hubieran servido a Tom Hanks para desentrañar rápidamente su famoso acertijo en El Código Da Vinci y nos evitábamos 2 hs y pico de semejante bodrio.
Como cuando éramos chicos y nuestros viejos nos llevaban a la cancha, un fútbol con desparpajo, sin miedos, de galera y bastón, que nos llenaba el cuerpo y el alma.
Es por eso que creemos en Angel, que todavía se puede, que no todo está perdido. Nos retumban en la mente las palabras de su compañero de ruta, César Luis Menotti: “Las cosas en su lugar: la heladera en la cocina y el sillón en el living”. Tan lindo y simple como eso. Por todo ello entonces, Salud Cappa.

Daniel Cingolani campeón

03/12/00. A 9 años de una consagración

Daniel Cingolani campeón de TC 2000

No sé en realidad si los años que pasaron son muchos o pocos, creo que depende de la óptica con que cada uno lo mire, pero considero que no estaría mal rescatar de los recuerdos la carrera de Paraná, último eslabón de una cadena de logros que concluyeron en la obtención del campeonato.
Escribir en primera persona tal vez no sea lo ideal, puedo caer en la vulgaridad y en la obsecuencia, aunque supongo es la única manera de poder transmitir algunas sensaciones que de otro modo estarían vedadas, sino me limitaría a trasladar simples estadísticas de un tipo ajeno a nosotros, de un fulano al que se le podrían enumerar una andanada de méritos pero sin demasiado compromiso.
Pero no, para nada es así. Estoy viendo el video de esa famosa carrera y vuelve la emoción; una incómoda ansiedad por saber lo que va a pasar en la definición, la mandíbula apretada por los nervios, hasta que “el muchachito” de la película aparece en cámara y está tranquilo, aparentemente mucho más que yo en este momento y entonces trato de relajarme. ¡Calmate que ya ganó, tengo que recordarme!
Junto con Henry Martin –compañero de equipo en los Ford oficiales- eran los dos únicos aspirantes a la corona, aunque “el nuestro” llegaba con 14 puntos más que el sanjuanino, quien debía ganar o salir segundo, siempre y cuando Daniel no sumara ningún punto.
Ese fin de semana no se había presentado propicio para la escuadra de Berta y Daniel partía desde el 12º lugar, mientras que su directo rival lo hacía en la 17ª posición. Una lluvia tenaz inundaba la pista y la situación se tornaba por demás complicada en mitad del pelotón de largada. El video me transporta y pienso: “Dios mío, en medio de estos locos y con agua, acá puede pasar cualquier cosa”. La carrera se larga, y al menos para el de 9 de Julio, todo parece marchar normal, aunque los despistes son moneda corriente y espero que no se vea envuelto en algún lío.
En la vuelta 11ª festejo –ahora con algo de culpa-, y es que el pobre de Henry Martin abandona cuando marchaba 13º, entonces no hay barreras para la euforia: ¡Daniel ya es campeón! Y lo que falta es sólo un trámite; de hecho también abandona en el 17º giro.
Cuando recién ha descendido del auto averiado, al borde de la pista, aparece “El” Cholo Cano, quien se acerca presuroso para estrecharle un abrazo, como inicio de un festejo que se presagia extenso. Es que pocas veces hubo semejante coincidencia en la alegría por un logro personal –más allá de todos los que colaboraron-, sobre todo en un ambiente hiper competitivo como el del automovilismo.
Un tipo que no necesitó de la brabuconada ni la prepotencia para ser el que más carreras ganó en ese año. Que aunque la mayoría de los pilotos le consideraban un caballero y muy confiable cuando lo tenían detrás, tal vez no se dieron cuenta que, adelante, y hasta ese momento, les había ganado 12 veces, había hecho 25 pole positions y 22 récords de vuelta.
Y es por todo ello y por el afecto que ahora me sumo a ese recuerdo. Entonces, lo mejor para usted “Muñeco”.

domingo, 3 de enero de 2010

Pobre gaucho comedido

Pobre Gaucho Comedido










Recuerdo lo que pasó a rabiar, y me viene la angustia caracho, que hay cuestiones pa cambiar, pero lo que fue ya cayó en el tacho. Sin motivo pa recular, cuando el capataz llamó pa juera, la pionada juntita a escuchar, seguro que ibamo a la yerra.
Pero la cosa venía de otro lao, y se me yena de pesar el pecho, es grande la puntada al costao, cuando uno se ha quedao sin techo. Ahijuna con esta cabeza, que me juega una mala pasada, necesito toda mi entereza, pa no andar con la rueda mañada.
Que ese día yegaba un gringo, de Güenos Aires según dicía, que el hombre quería un buen pingo, y pa eso traía la alcancía. Y ahí me ofrecí servicial, rapidito con un paso al frente, sabedor de mi potencial, gaucho atrevido y gran jinete.
Ayí empezó mi perdición, que me arrepiento por alcahuete, arranqué el yugo madrugón, maldita la hora juna gran siete. Manotié tijera y cepillo, y jui derechito al corral, había que tusar al tordillo, dejarlo briyoso al bagual.
Desde lejos se venían, nubes de polvo a mares, que en el coche del fulano traían, más ansiedá que Magallanes. Me jui direto pal rancho, a emprolijar el batifondo, peiné el nido e carancho, y limpié las lagañas bien hondo.
Un negro grandote y porrudo, bajó del coche en sombrero, y aunque tenía pinta e forzudo, a mi no me temblaba el garguero. Como un palomo empachao, sacaba el buche pa juera, le dí la diestra obligao, vaya a ser que se ofendiera.
Petrificao me quedé, con los colores del auto, ¡Está tuniao el bebé!, me lo gritaba bien alto. Yena e parlantes estaba, la cupé de ese gorila, la música a todo lo que daba, uy si la escuchara la Lila.
Del otro lao abrió la tranca, una rubia ajustada y teñida, los calzones metidos en el anca, de seguro la cabeza podrida. La pobre tenía una pata más larga, pero una gran diferencia había, se le había hinchao la corta, la izquierda bajaba y subía.
Yunta rara la de estos tilingos, las cosas que hay para ver, ella no lo quería por lindo, el no la usaba pa correr. Y ahí nomás a la ensenada, a manotiar el corcel, bicho bravo y de boca dura, capaz de arrancarle un bretel.
Pero el morocho era mal bicho, muy acostumbrao a ofender, guanaco soberbio y arisco, y yo a la mierda la empezaba a oler. Quiso el hombre apurao, probar de primera mano el pingo, ¡Correte paisano a un lao!, gritó el mamarracho cretino.
Ay mi dios con este tipo, que hay que poner las bolas en remojo, venía la furia tocando pito, y ya lo miraba e reojo. Tratando de buscar la manera, de evitar la bellaqueada, le dije con buena cintura, ¿Cojinillo pa la galopeada?
Me tiró con tuito el cabresto, ¡Bruto sos y así morirás!, me dijo sueltito de cuerpo, el aprendiz de cachafaz. Que el caballo no es pa cualquiera, lo supe prontito nomá, y así cacé la encimera, que no es pa trabajá.
Le pedí un minuto entonces, pa ir hasta la letrina, sacar la furia con force, pero encontré la hesperidina. De un trago todita la empiné, y cayó como estampida, furioso pal campo disparé, como chancha recién parida.
Satanás metió la cuchara, le hice oído sordo a María, encendido como una chicharra, lo encaré con mucha inquina. El hombre ya estaba e jinete, como pa una carrera e sortija, apuntando el revenque al bonete, casi le arranqué la verija.
Como si fuera cosa e mandinga, salió como un rayo el tordillo, jurando agarrarme a la vuelta, gritaba como chancho el morciyo. Yo seguí revoleando los brazos, pa todo los laos le digo, reventando el palenque a masasos, ¡Que me había inflamao los higos!
A la siniestra tenía un quelombo, la renga se acercaba a los gritos, por la polvareda zapatiaba un malambo, por la locura silvaba finito. Los ojos saltaos de la órbita, como tero cagao a alambrazos, los dientes salidos pa juera, como liendre a punto el zarpaso.
¡Secópata untao e mierda!, me tiró entre mil cosas la gringa, y fue como un puñal en la cédula, no te metás con mi madre jeringa. Tenía que aplacarle los modos, aunque fuera a los codazos, hacerle saltarle los mocos, reventarla de un chuzaso.
Baquiano de mil tareas, no podía errarle el bochazo, la jui rodeando de veras, pa aplicarle el cimbronazo. Me engolvoví el poncho en la mano, pa amortiguar la arremetida, le sacudí una bolea de plano, pero se me corrió la jodida.
Le había apuntao hermano, entre la nariz y la frente, pero esta vez a contramano, se hubo parao diferente. Tenía ladeao el cuerpo, arriba de la pata buena, y ahí ha quedao el muerto, que le arranqué hasta la muela.
Y ansina terminó nomás, mi posgrao en la estancia grande, mis ilusiones de mandamás, mi romance de la oveja madre. Pero con mucha dignida, ni siquiera esperé tarjeta, disparé pa la posterida, tenía que salvar la chancleta.
Y aquí me ando en el monte, al trote boliando ñanduce, tratando de olvidar esos brotes, que triste suspiro producen. Ofrezco escabeche de bichos, y pa las fiestas cocino también, y aprenda si no hay ya gualicho, que no hay comedido que salga bien.


Desafío de los valientes

Desafío de los valientes

Vagos con la cabeza fresca en el verano '88/'89


http://www.youtube.com/watch?v=5Sv2FkyrE3g